El proyecto aún no ha iniciado su fase de ejecución material; no se ha colocado siquiera el primer elemento estructural. No obstante, la infraestructura logística ya es una realidad: el cercado perimetral, la seguridad, la señalización reglamentaria y las instalaciones provisionales están operativas. Contamos con la documentación técnica en orden, hemos establecido el vínculo institucional con el entorno vecinal y, finalmente, disponemos de la planimetría completa que regirá la futura edificación.
Nos reunimos en un espacio común para compartir los alimentos, y cuando digo «todos», me refiero a la totalidad del capital humano: desde carpinteros y electricistas hasta cuarenta especialistas en diversos oficios. En mi rol de Director de Obra, procedo a exponer el proyecto con el rigor y la minuciosidad que la responsabilidad exige.
En este punto, surge la sinergia: el equipo aporta perspectivas, optimiza procesos, sugiere metodologías para acelerar cronogramas, incrementar la limpieza y maximizar la eficiencia económica, minimizando contingencias. Mi función es escuchar y registrar. Al ser convocados antes del primer movimiento de tierra, el equipo adquiere un sentido de pertenencia; su labor deja de ser una ejecución fragmentada para convertirse en un aporte armónico.
Recibo con gratitud esta oportunidad. El volumen de correcciones y mejoras sugeridas supera cualquier tratado académico. ¿Representa esto una pérdida de tiempo? Al contrario: es una inversión que multiplica la productividad de los meses venideros. Este relato, aunque de una sencillez evidente, encierra una verdad fundamental y absoluta en la gestión de proyectos.