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    LA CRITICA CONSTRUCTIVA: La Obra como Proceso Integral

    La Materialización de la Obra Arquitectónica: Una Visión Integral del Hecho Productivo

    La materialización de una obra arquitectónica no debe entenderse como un fenómeno aislado ni meramente técnico, sino como un proceso complejo donde convergen e interactúan múltiples vectores. La arquitectura, en su dimensión productiva y social, se desarrolla a través de un entramado de componentes que regulan su diseño, ejecución y resultado final. Estos elementos de carácter legal, económico, social y tecnológico no actúan de forma autónoma; por el contrario, se influencian recíprocamente durante todo el ciclo vital del proyecto, determinando su viabilidad intrínseca y su excelencia cualitativa.

    Toda intervención surge de un interés concreto —ya sea social, económico, cultural o político— y se inscribe inevitablemente en un contexto que condiciona su resolución. Antes de proceder a su ejecución, resulta imperativo evaluar su pertinencia mediante estudios de factibilidad técnica y financiera, orientados a optimizar los recursos y garantizar la sostenibilidad del proyecto. Una vez validada esta instancia, se consolida la figura del comitente, quien establece un vínculo profesional con el arquitecto para interpretar la necesidad programática, formular el partido arquitectónico y desarrollar el cuerpo proyectual.

    Este proceso evoluciona desde la génesis de la idea hacia el anteproyecto y, finalmente, hacia el proyecto ejecutivo, cuya aprobación formal constituye la base de la relación contractual. En este escenario, la documentación técnica asume un rol protagónico: planos, especificaciones, cómputos y cronogramas conforman el soporte legal y técnico que rige la construcción. A partir de este corpus informativo, se integra generalmente la empresa constructora, cuya participación se formaliza mediante contratos que definen el sistema de ejecución adoptado.

    La elección del sistema constructivo y la modalidad de contratación inciden directamente en el desarrollo de la obra, los plazos y la inversión. En consecuencia, la planificación y programación no solo organizan las tareas operativas, sino que establecen una correlación directa con la capacidad financiera de las partes. El asesoramiento del arquitecto en la selección de la contratista resulta, por tanto, determinante. Existen diversas modalidades de gestión, desde la administración directa por parte del propietario hasta contratos de ajuste alzado o costes y costas, cada uno con implicaciones jurídicas y económicas específicas.

    Tras definir los aspectos contractuales, la obra debe alinearse con el marco normativo vigente. Esto exige la validación de la documentación ante los organismos reguladores y la acreditación profesional del Director de Obra. Iniciada la ejecución, los trabajos preliminares garantizan la operatividad del obrador y la seguridad del entorno. En esta fase, el cumplimiento de las normas de seguridad e higiene no es solo una obligación legal, sino un factor que incide directamente en la calidad del proceso productivo y la protección del capital humano.

    La producción en sitio se organiza bajo una estructura jerárquica definida, donde cada rol desempeña una función específica dentro de un sistema coordinado. No obstante, esta organización es sensible a factores exógenos: fluctuaciones del mercado, actualizaciones en la legislación laboral o innovaciones tecnológicas pueden reconfigurar los costos y los plazos de entrega.

    Durante el desarrollo, el control se erige como la herramienta fundamental para asegurar la fidelidad frente a lo proyectado. La empresa constructora y la Dirección de Obra ejercen supervisiones diferenciadas que, aunque defienden intereses distintos, resultan complementarias para verificar la tríada de calidad, tiempo y costo. Las certificaciones de avance, vinculadas rigurosamente al presupuesto, reflejan el equilibrio entre los componentes económicos, técnicos y legales del emprendimiento.

    En última instancia, la materialización arquitectónica es el resultado de un proceso dinámico y multidimensional. Comprender esta interrelación es esencial para un ejercicio profesional responsable y eficaz. Solo una visión integral permite abordar la complejidad inherente al hecho arquitectónico, conduciendo el proceso hacia un resultado exitoso, coherente y plenamente inserto en su tiempo y espacio.

    Por Gustavo Di Costa (*) () Arquitecto. Profesor de la Facultad de Arquitectura en la Universidad Argentina de la Empresa (UADE).*

    Gustavo Di Costa
    Gustavo Di Costahttps://dolmen.com.ar/arq_daniel_dicosta/
    Arquitecto. Profesor de la Facultad de Arquitectura en la Universidad Argentina de la Empresa (UADE). Co-Director de ConTécnicos SRL, empresa dedicada a la capacitación en temas de arquitectura y construcción

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