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    LA CRÍTICA CONSTRUCTIVA Presupuestos, previsiones y productividad

    Cuando se habla de edificios, se habla de un producto muy particular: a diferencia de lo que ocurre en la industria, donde el precio suele fijarse una vez fabricado el bien, en arquitectura el costo, el precio, la calidad y el plazo de ejecución deben definirse antes de que exista un solo ladrillo colocado. Esa anticipación se materializa en un conjunto de presupuestos y previsiones que orientan toda la gestión de la obra.

     

    El arquitecto que asume la Dirección de Obra abandona el territorio exclusivo del diseño para trasladar al mundo real lo que concibió en los planos. En esa instancia aparecen nuevos compromisos: administrar recursos, coordinar la intervención de terceros, respetar normas de derecho privado, controlar plazos y calidad, y sostener la coherencia entre el proyecto y el edificio terminado. La obra deja de ser una idea y pasa a ser un proceso productivo que debe ser conducido con criterios técnicos y económicos.

     

    En este contexto, el presupuesto deja de ser una simple cifra global y se transforma en una herramienta de control. Técnicamente, puede entenderse como un conjunto coordinado de estándares de operación para un período determinado. Es “conjunto coordinado” porque se organiza como una estructura compuesta: cada parte de la obra se analiza por separado, pero siempre en relación con las demás, para poder ordenar la secuencia de ejecución. Es “estándar de operación” porque fija valores de referencia: calidad requerida, costo estimado y duración prevista. Y es “para un período determinado” porque rige sólo durante el tiempo de ejecución considerado, debiendo ajustarse cuando cambian las condiciones.

     

    En la práctica, esos presupuestos se apoyan en tres patas. La primera es el pliego de especificaciones técnicas, donde se define qué nivel de calidad debe alcanzar el producto final. La segunda es la determinación de costos unitarios, que permite traducir el proyecto en un presupuesto económico, es decir, en el precio esperado de la obra. La tercera son las duraciones de cada ítem, gracias a las cuales puede fijarse el plazo de ejecución global. El primer presupuesto responde a la pregunta “cómo será el producto”, el segundo a “qué recursos insume” y el tercero a “cuánto tardará el proceso”.

     

    Estos elementos, ordenados de manera clara, son la base del trabajo del Director de Obra. Integran la carpeta técnica que se utiliza para llamar a licitación, ya sea pública o privada. Las empresas oferentes rehacen ese camino con sus propios estándares y formulan propuestas de calidad, precio y plazo. La comparación entre los presupuestos del Director de Obra y los de las constructoras no sólo sirve para elegir la oferta más conveniente, sino que se convierte en parte del contrato y referencia para controlar la obra en el futuro.

     

    Sobre esa base se construyen las previsiones, que pueden verse como el ordenamiento de los presupuestos en el tiempo y en el espacio. Prever significa planificar y programar la obra: diseñar una infraestructura de producción adecuada, asignar recursos de manera escalonada y distribuir las tareas de forma tal que el plazo comprometido pueda cumplirse sin sacrificar calidad ni disparar el costo.

     

    El control es inseparable de todo este esquema. Si hay una fecha límite para entregar la obra, no tiene sentido esperar a la última semana para descubrir si se llega o no. Las técnicas de control de avance permiten saber en cada momento si el desarrollo real acompaña lo proyectado. Del mismo modo, cuando se sospecha que una tarea puede rendir más, se la analiza críticamente para detectar dónde modificar el método de trabajo y volverlo más eficiente. Ese tipo de mejoras requiere conocer herramientas específicas, muchas de ellas simples, pero que deben aprenderse con sustento teórico y no sólo por observación informal.

     

    En ese punto aparece el concepto de productividad. Podríamos definirla, de manera intuitiva, como la variación de la producción frente a los recursos empleados. Si un albañil pasa de colocar 800 ladrillos por día a colocar 1.000 gracias a una mejora en el método de trabajo, la productividad de su tarea se incrementó. Algo similar ocurre cuando se ajustan las dimensiones de una pared a los formatos del revestimiento para evitar cortes y desperdicios, o cuando se mejora una cortadora de cerámicos y se pasa de doce a dieciocho cortes por hora: en este último caso, la productividad del equipo aumentó un 50%.

     

    En términos más rigurosos, la productividad puede expresarse como la relación entre bienes y servicios producidos y los recursos utilizados:

     

    Productividad = Bienes y servicios / Recursos

     

    Los recursos incluyen mano de obra, materiales, equipos, infraestructura y organización. No se trata sólo de “que el operario trabaje más”, sino de obtener el máximo rendimiento del conjunto del sistema. Los saltos más significativos suelen lograrse cuando se introducen tecnologías que trasladan parte del esfuerzo desde la mano de obra hacia la máquina o hacia métodos más inteligentes.

     

    Toda mejora de productividad, a su vez, se traduce en una reducción del precio relativo del producto, porque los recursos se aprovechan mejor. Esto abre la posibilidad de mejorar salarios, reducir precios de venta y ampliar el margen de beneficio empresario. Cuando esos tres factores se equilibran, se fortalece el nivel de vida, aumenta el consumo y se genera un círculo virtuoso de inversión en mejores métodos de producción.

     

    Para impulsar ese círculo, existen numerosos factores que ayudan a elevar la productividad: un diseño arquitectónico correcto y una documentación clara que no deje dudas sobre lo que debe construirse; especificaciones técnicas precisas que definan la calidad; una programación y control de la producción que ordene el trabajo según un plan; un presupuesto y control presupuestario que identifiquen desvíos de costo; un control de calidad que evite rehacer tareas; el estudio de los métodos de trabajo para depurar tiempos y movimientos; y unas condiciones laborales adecuadas, tanto físicas como organizacionales, que prevengan enfermedades, reduzcan la fatiga y eviten conflictos.

     

    También contribuyen una buena política de personal, la motivación mediante incentivos y premios, la definición de estándares de producción confiables, la racionalización administrativa para reducir gastos indirectos, una gestión de compras planificada, una infraestructura de producción bien organizada, un manejo eficiente del movimiento de materiales, la mejora de los puestos de trabajo y la economía en el uso de materiales, con diseños que aprovechen al máximo cada unidad.

     

    Todas estas variables están en permanente evolución y se enriquecen con los avances de la industria. Incorporarlas a la práctica profesional permite que los presupuestos, las previsiones y la productividad dejen de ser conceptos abstractos y se conviertan en herramientas concretas para conseguir obras que respeten fielmente el proyecto, se ajusten al costo previsto y se entreguen en el plazo acordado.

     

    Por Gustavo Di Costa (*)

     

    (*) Arquitecto. Profesor de la Facultad de Arquitectura en la Universidad Argentina de la Empresa (UADE).

     

    Gustavo Di Costa
    Gustavo Di Costahttps://dolmen.com.ar/arq_daniel_dicosta/
    Arquitecto. Profesor de la Facultad de Arquitectura en la Universidad Argentina de la Empresa (UADE). Co-Director de ConTécnicos SRL, empresa dedicada a la capacitación en temas de arquitectura y construcción

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